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Hace algún tiempo, mi buen amigo Jorge Rodríguez me pidió contribuir con un texto al relanzamiento de esta histórica publicación, SURCO. Aparte de sentirme honrado por la solicitud,
creí importante hacerlo. Este esfuerzo es un símbolo muy potente de la tarea fundamental que debe emprender cada nueva generación del Partido Liberación Nacional: la de hacer suya la historia y la identidad del partido para adaptarla a una nueva época. SURCO es ahora una publicación electrónica. Ya no debe, ni puede, publicarse de la misma manera que en sus primeros días. Eso sería condenarla al fracaso. Lo mismo pasa con las ideologías.

Pensé entonces en escribir una larga disquisición sobre el futuro de la socialdemocracia o, tal vez, uno de esos floridos textos que cantan loas a la juventud y su idealismo. Al final decidí hacer algo distinto, bastante más prosaico, pero también más genuino y útil. Quisiera en este texto transmitirle a jóvenes líderes como ustedes algunas enseñanzas prácticas sobre los peligros del liderazgo político. Estos peligros se mencionan con poca frecuencia, porque son la áspera contracara de las líricas invocaciones habitualmente empleadas para convocar a la juventud a asumir su responsabilidad con la patria. Cuando se le dice a los jóvenes que la política involucra los más altos ideales y se les llama a participar en su realización, se les dice una verdad a medias. No cabe duda de que hay ideales en la política, mucho más de lo que se imaginaría quien nunca ha participado activamente en ella. Pero la política también se hace con el barro de las ambiciones y las luchas por el poder, que son las más encarnizadas de todas. Negarse a aceptar esto es tan necio como infantil. Y si se trata de alguien que aspira a una posición de liderazgo, negarlo es simplemente suicida.

Sospecho que quienes esto leen conocen razonablemente bien mi paso por la política nacional, cuyo inicio fue casi tan inesperado y abrupto como su final. Por ello, no los cansaré con los hechos. Nomás interesa recordar que en febrero de 2006, a los 37 años, fui electo Segundo Vice-Presidente de la República, como parte de la fórmula presidencial encabezada por el Dr. Oscar Arias. En septiembre de 2007 fue sustraído de mi correo privado y ventilado públicamente un documento de mi co-autoría, cuyo contenido, en algunos aspectos, he lamentado desde entonces. Exactamente dos semanas antes del referéndum en torno a la ratificación del TLC con Estados Unidos, Centroamérica y la República Dominicana, renuncié, en medio de una gran tormenta política.

¿Qué lecciones pueden extraerse de mi experiencia y del episodio, personalmente muy doloroso, que concluyó con mi renuncia? Son muchas y de muy diversos tipos. Algunas las conocía desde antes de entrar a la política y lo que me tocó vivir simplemente confirmó mis intuiciones. Otras lecciones las aprendí desde cero en formas muy duras. Quisiera compartir aquí ocho de ellas. Tengo buenas razones para pensar que estos consejos le darán a casi cualquier persona una mejor oportunidad de sobrevivir frente a los tiburones que, con toda seguridad, nadan en la alberca de la política. De hecho, deben ustedes preocuparse mucho en el momento en que no avisten tiburones en la vecindad. Eso sólo quiere decir que no están haciendo nada que valga la pena atacar. Eso significa que son simplemente irrelevantes.

Primera lección – El poder formal no equivale al poder real. Las circunstancias más aleatorias pueden hacer que alguien les confíe un puesto, incluso un alto puesto, o que ustedes, sin buscarlo, lleguen a él. La autoridad, sin embargo, es un asunto enteramente distinto. La autoridad hay que ganársela. Nunca cometan el error de confundir su puesto en una organización con el poder que ostentan en ella. Si aspiran a influir en las personas para que hagan cosas que de otro modo no harían –esa y no otra es la esencia del poder—sólo tienen a su disposición los instrumentos de la convicción y la coerción. En otras palabras, deben ganarse su respeto o su temor. Ambos dependen de su reputación. Desarrollar una reputación es un proceso que depende de la acumulación de tiempo y de conductas, no del hecho puro y simple de ostentar una posición.

Segunda lección – El poder es una sustancia volátil. El poder político y los privilegios que vienen con él son sustancias extremadamente volátiles. Lo que Dios nos regala hoy, nos lo puede quitar mañana. Me sorprende la frecuencia con que las personas olvidan que en la política la suerte puede cambiar en un segundo. Darse cuenta de la transitoriedad del poder político tiene muchas implicaciones. Una particularmente crucial es que uno siempre debe tratar a las personas con respeto: jamás humillen a nadie. Hay muchas razones para ello, pero una importante es que una vez que ustedes pierdan su armadura –y eso pasará inevitablemente—aquellos polvos darán paso a los lodos más desagradables; toda humillación que hayan infligido se volverá contra ustedes. Siempre tengan clara la diferencia entre la identidad de ustedes como personas y su identidad como detentadores de una cierta responsabilidad pública. Nunca caigan en la trampa de creer que ustedes son la razón de todo el afecto que reciben, de todo el respeto que les es profesado y de todos los privilegios que disfrutan. Con seguridad casi todo aquello se desvanecerá como el rocío en el momento en que ya no estén ostentando una posición de poder. Mientras estén ocupando un cargo, tengan siempre un pie en la puerta y cultiven una vida satisfactoria más allá de su trabajo. Eso les protegerá cuando el poder se haya ido, en particular si ocurre un brusco cambio de suerte.

Tercera lección – Eviten la vanidad. Estar en una posición de liderazgo no implica ser siempre el más inteligente del salón o el centro de todo lo que ocurre. La vanidad nos expone; incomoda a quienes nos rodean y nos pone en la mira de los envidiosos. La vanidad nos hace hablar más de lo conveniente y cuando lo hacemos muy fácilmente nos metemos en problemas, habida cuenta de que una regla básica en la política es que todo lo que sale de nuestra boca y nuestra pluma va a ser utilizado para dañarnos. Fue la vanidad la que me convenció de que no sólo debía escribir un ácido documento para enderezar una campaña fracasada, sino también poner mi nombre en él para asegurarme que el Presidente supiera que yo lo había escrito. Eso se llama vanidad y es un pecado cardinal si se está en una posición de liderazgo. Con frecuencia ser líder implica callarse, preguntar, escuchar y esperar.

Cuarta lección – Tengan paciencia. No cabe duda de que mi rápido ascenso a la cúspide de la política nacional activó poderosas envidias de parte de muchos que sintieron que por largos años habían esperado su turno. En la política costarricense, con frecuencia esta gente son objeto de desprecio y se les denomina, con sorna, “los que están haciendo fila por un cargo”. Sin embargo, he llegado a la conclusión de que la institución de “la fila” tiene más sabiduría de la que usualmente le atribuimos. Si he de darle un solo consejo a un líder joven o a cualquiera que aspire a ser un mentor de líderes jóvenes, le diré que es mucho mejor tener un ascenso gradual hacia el liderazgo. Cuando se trata del liderazgo tengan mucho cuidado con los atajos. Un ascenso gradual nos permite aprender las reglas básicas del oficio a lo largo del camino. Asimismo, nos mantiene protegidos por más tiempo. Los inevitable errores que cometeremos sucederán cuando aún estamos bajo el radar, no bajo el reflector. Finalmente, y esto es crucial, un ascenso gradual nos permite forjar las relaciones y alianzas que pueden apoyarnos cuando el camino se pone cuesta arriba. Si llegan a tener la posibilidad de ocupar una posición de poder, en ese momento deben mirar dentro de sí y preguntarse si están listos para estar en la primera línea. Y si aún no lo están, entonces den un paso al costado, sin importar cuán grande sea la tentación frente a ustedes. El más básico de los preceptos socráticos continúa vigente: conócete a ti mismo. Al volver la mirada cinco años atrás, veo claro que aunque quizá estaba intelectualmente preparado para ocupar la Vice Presidencia, no lo estaba, ni remotamente, desde el punto de vista emocional y político. La tentación me hizo cometer un error. Por difícil que pueda parecer ahora, en aquel momento debí declinar cortésmente la oferta que mi hizo el Presidente Arias. Recuérdenlo: conozcan sus limitaciones y tengan paciencia.

Quinta lección – Expandan su base de apoyo. Ya he mencionado la importancia de forjar alianzas a lo largo de la ruta. Mi recuerdo dominante de los días del escándalo que condujo a mi renuncia es la total soledad en la que de repente me encontré. Hasta aquel momento mi único apoyo político había sido, en realidad, el del Presidente Arias. Eso era todo. No había tenido ni el tiempo ni la disposición para expandir mi base política. Probablemente consideré que tener un solo aliado muy poderoso era suficiente para llegar lejos. No podía estar más equivocado. Cuando la tormenta se desató caí en la cuenta, para mi horror, de que mi casa política estaba construida sobre un único pilar. Una de las tareas más cruciales para cualquiera que llegue a una posición de liderazgo es ampliar cuanto antes sus bases de apoyo. Cómo líderes ustedes pueden o no necesitar aliados super-poderosos, pero ciertamente necesitan muchos aliados.

Sexta lección – Dediquen tiempo a la reflexión. Cuando se es Vice Presidente y Ministro y se trabaja 16 horas al día, lo más probable es que para el final de la jornada uno no tenga una disposición reflexiva. Todavía recuerdo vívidamente la pregunta que un amigo politólogo, muy inteligente, me hiciera unas cuantas semanas antes de que estallara el escándalo: “¿Qué querés conseguir jugando un papel tan visible en la campaña por el TLC?” No fui capaz en aquel momento de darle una respuesta coherente porque, en realidad, no me había detenido a pensar en ello. En el fragor de la batalla política terminé arrastrado por una delirante dinámica colectiva que dictaba que el tratado debía ser ratificado (o derrotado) a cualquier costo, lo cual, por supuesto, era una convicción tan estúpida como peligrosa. Es vital dedicar tiempo a pensar en lo que ustedes están haciendo, por qué lo están haciendo, qué están tratando de lograr y cuáles pueden ser las consecuencias. Parte de ese tiempo deben usarlo a solas. La política es una actividad que con gran frecuencia ocurre dentro de una burbuja, en la cual todas las voces se alimentan mutuamente la misma información, los mismos prejuicios y las mismas histerias. La presión del grupo opera en muy pocas actividades humanas con semejante intensidad. En consecuencia, es fácil tener por reales cosas que no lo son en absoluto. Escapar de la burbuja con regularidad es esencial para la claridad de nuestro pensamiento estratégico.

Sétima lección – Nadie es indispensable. Una de las trampas más comunes del liderazgo es el mito de la indispensabilidad. Tendrán multitud de voces a su alrededor que les dirán a todas horas que ustedes son irremplazables; que si no hacen ustedes las cosas nadie más las hará; que ustedes son los únicos capaces de enderezar la torcida madera de la especie humana. Todo ello es un peligroso espejismo, que nos conduce a comportarnos temerariamente. Puedo decirles con certeza que algunas de las personas que me persuadieron de la necesidad de asumir un papel muy visible en la campaña del TLC sabían exactamente lo que estaban haciendo; sabían perfectamente los enormes riesgos políticos que implicaba para mí entrar en una campaña terriblemente polarizada. Sabían que con gran facilidad podría tropezar y precisamente por ello invirtieron tiempo persuadiéndome de que era esencial para el gobierno que yo asumiera un papel más activo en la campaña. En aquel momento fui muy ingenuo, lo creí así y pagué un precio prohibitivo por ello. La percepción de indispensabilidad tiene otro destructivo efecto: nos convence de que acabaremos por ser protegidos de nuestros propios errores porque, en última instancia, no podemos ser sustituidos. Eso nunca es así. En mi ausencia el referéndum se ganó y la Administración Arias no sólo continuó, sino que hizo cosas notables por el país. A quienes estaban en el gobierno les fue estupendamente bien sin mí y, en esa medida, me obligaron a aprender una invaluable lección de humildad. El General De Gaulle llevaba razón: el cementerio está lleno de hombres indispensables.

Octava lección – No confíen en nadie. Hacia el final de la gran novela de Robert Graves, Yo, Claudio, el Rey Herodes visita a su amigo de infancia, Claudio, el recién coronado Emperador de Roma y último descendiente del gran Augusto. El consejo de Herodes para el ingenuo líder es muy directo: “No confíes en nadie, amigo mío, en nadie. No confíes en el más agradecido de tus servidores, ni en el más íntimo de tus amigos, ni en el más adorado de tus hijos, ni en la esposa que abrazas en tu pecho. No confíes en nadie.” Esta es, de hecho, la lección más importante de todas. Vivir de acuerdo con esta regla nos puede parecer brutal, pero ya es hora de que lo tengamos claro: el ejercicio del liderazgo y el poder no es para los débiles de carácter. Me tocó descubrir de la manera más severa la importancia de esta lección. Con gran dolor descubrí que cuando estamos en una posición de liderazgo la mayoría de nuestros amigos son falsos, pero nuestros enemigos, en cambio, son todos reales. Descubrí que en la mayoría de los casos nuestros peores enemigos están muy cerca de nosotros. De hecho, la capacidad de nuestros enemigos para hacernos daño es directamente proporcional a nuestra cercanía con ellos. Hay una lógica implacable en esta regla, pues son aquellos más cercanos a nosotros quienes mejor conocen nuestras debilidades y tienen acceso privilegiado a nuestra información más privada. No ofrezco aquí una receta para vivir paralizado por la paranoia y el temor, sino tan solo un prudente recordatorio de que la sed de poder hace a las personas, aun a las personas que creemos conocer muy bien, comportarse de la manera más impredecible.

Dejo hasta aquí estas reflexiones. No hay nada científico en estas ocho lecciones, pues en última cuenta no existe ciencia alguna capaz de desentrañar los misterios más profundos de la naturaleza humana. Para ello la poesía de Shakespeare es mejor que cualquier tratado. Aún siendo tentativas estas lecciones, pienso que hubiera estado muy agradecido si alguien me las hubiera transmitido antes de aventurarme en la política. No hay en esto afán de reclamo ni desilusión. Como lo advirtió el gran dramaturgo griego Esquilo, “la recompensa por el sufrimiento es la experiencia.” Y eso, en verdad, me parece un buen trato, por cuanto el sufrimiento se desvanece, pero la experiencia se queda con nosotros. Y no existe ningún tiburón, por grande que sea, que nos la pueda arrebatar.

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One Response to “Para nadar con los tiburones: Sobre el liderazgo político y sus peligros. ― Kevin Casas Zamora.”

  1. Terox

    Excelente ensayo. Muy sincero. Creo que Maquiavelo le pondría la firma sin pensarlo mucho…
    Si uno supiera… de todas formas, aunque se lo hubiera leído “antes”, no es igual a haberlo vivido. Bien dicen que no es igual verla venir…
    Yo le agregaría: “No confundir fines con medios”.
     
     

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